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Falleció el antropólogo e historiador chileno José Bengoa

Le Monde Diplomatique

José Bengoa Cabello, antropólogo e historiador, Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales 2025, exrector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, amigo y colaborador de Le Monde Diplomatique, falleció en su casa de Ñuñoa a los 81 años. Nuestras sentidas condolencias a su esposa Ximena Valdés, a sus hijos Ana y Simón, y a todos sus familiares y amigos.

El diálogo inacabado con la tierra y la memoria. Obituario de José Bengoa

Por Álvaro Ramis*

Con la muerte de José Bengoa, se dice ahora desde todos los frentes culturales, termina una época. Pero según  quién hable, lo que se despide es algo muy distinto. Quienes nunca vieron en él más que a un antropólogo perturbador, demasiado comprometido con las causas indígenas y campesinas, lamentan ahora la desaparición del último gran intelectual orgánico, como si con él se extinguiera para siempre la figura del pensador enraizado en la realidad. Otros, en cambio, creen que su muerte señala el fin de una cierta manera de hacer historia, aquella que se atrevía a poner en el centro a los vencidos, a los sin tierra, a los que la historiografía oficial había condenado al silencio. Los comentaristas políticos, por su parte, intuyen con alivio que su fallecimiento cierra un ciclo inquietante, aquel en que la academia y la militancia podían habitar un mismo cuerpo sin que ello pareciera escandaloso. Un hecho brutal, la muerte, y tantas invocaciones oportunistas de un fin de época que en realidad encubren lo único verdaderamente en juego: con José Bengoa desaparece el más radical de los intelectuales chilenos del último medio siglo, pero lo que se pone en riesgo no es el prestigio de la antropología nacional ni la memoria de la reforma agraria, sino la continuidad de un cierto modo de escuchar: aquel que aprendió a hacer hablar a los que habían sido condenados al mutismo.

Fue el propio mundo mapuche, con sus loncos y sus comunidades, el que muy temprano reconoció en Bengoa a un heredero de su propia memoria. No porque él hubiera nacido en esas tierras ni porque llevara su sangre, sino porque supo convertir la escucha en método y la escritura en restitución. A diferencia de los etnógrafos que llegaban con las categorías ya puestas, Bengoa se formó en las tradiciones de la historia social y la filosofía de la liberación, pero fue aquel encuentro con los sobrevivientes del despojo lo que le reveló la tarea de su vida: hacer de la academia un lugar desde donde se pudiera devolver la palabra a los que habían sido desposeídos también de su pasado. Como los dirigentes mapuche vieron en este joven antropólogo, llegado de Valparaíso, a alguien que no se limitaría a hablar sobre ellos, sino que aprendería a hablar con ellos, en una lengua que no era la del puro saber sino la de la obligación ética.

La tensión que atraviesa toda la obra de Bengoa es, en el fondo, la misma que animó el pensamiento de los grandes críticos de la modernidad: ¿cómo conciliar la exigencia de rigor científico con la urgencia de la transformación política? ¿cómo pensar la historia sin caer en la tentación de convertir a los oprimidos en meros objetos, pero también sin reducirlos a una esencialidad que los congele en un pasado inmóvil? Bengoa encontró su respuesta en un doble movimiento que nunca dejó de tensarlo: de un lado, la herencia de la historiografía social francesa y del marxismo crítico, que le enseñaron a ver estructuras, clases, largas duraciones; del otro, la escucha etnográfica, la inmersión en las comunidades, la apuesta por una antropología que no podía renunciar a la palabra del otro sin traicionarse a sí misma. Esta tensión entre la estructura y el acontecimiento, entre la ley histórica y la voz singular, le dio a su escritura esa cualidad tan característica: la de una erudición que nunca se desentiende del sufrimiento concreto.

En Historia del pueblo mapuche, publicada en 1985 en plena dictadura, logró un primer equilibrio magistral. Allí, por primera vez, la historia de Chile dejaba de ser narrada desde los centros de poder para ser reconstruida desde los márgenes de la resistencia. El libro era, a la vez, una obra de historia social rigurosa y un acto de justicia simbólica. Bengoa mostraba allí cómo la modernidad chilena se había edificado sobre la exclusión sistemática de aquellos que, sin embargo, habían sido protagonistas centrales de su territorio. Pero si en aquella obra inaugural el péndulo se inclinaba aún hacia la recuperación de la agencia histórica, en los años siguientes, con Historia social de la agricultura chilena (1991) y sobre todo con La emergencia indígena en América Latina (2000), Bengoa acentuó el otro polo: la necesidad de comprender los límites estructurales que cualquier acción emancipatoria debía enfrentar. Fue entonces cuando la herencia de la crítica marxista, tamizada por el giro cultural, le permitió mostrar cómo el capitalismo había transformado las relaciones campesinas y cómo los movimientos indígenas no eran un mero resabio del pasado sino una respuesta moderna a la colonialidad del presente.

Pero el verdadero viraje, el que marcaría su madurez, se produjo en la última década de su vida. Bengoa emprendió un retorno a las formas narrativas más directas, casi orales, en sus Crónicas de la Araucanía (2019) y luego en las Crónicas Amerindias (2024). Allí, la tensión entre estructura y voz se resolvía de un modo nuevo: no a través de la teoría sino de la crónica, no mediante el concepto sino mediante la escena. Como si hubiera llegado a la convicción de que el diálogo con los suyos —los campesinos, los mapuche, los pobres del sur— exigía finalmente despojarse de las mediaciones académicas para entregarse a la forma más antigua del saber: el relato. En esa última fase, Bengoa parecía decirnos que toda la teoría había sido apenas un preludio para aprender a contar bien una historia, para que quienes la habían vivido pudieran reconocerse en ella sin la vergüenza de verse traducidos por otro.

Fue también en esos años cuando profundizo su relación con la Escuela Campesina de Curaco de Vélez, en Chiloé, como si la jubilación le hubiera devuelto la necesidad de estar en el territorio, de compartir la mesa y la palabra con quienes nunca habían pisado una universidad. Allí, lejos de los reflectores, completó su obra más íntima: la de la formación de nuevas generaciones de campesinos que aprendían a contar su propia historia. Pero mucho antes, Bengoa había dado esa lucha como rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, una institución que encarna justamente aquella apuesta por un saber situado, comprometido con los sectores populares y abierto a las ciencias sociales críticas. En nuestra casa de estudios no solo formó a decenas de antropólogos que hoy trabajan en territorios indígenas, sino que construyó un espacio donde la universidad dejaba de ser un enclave para convertirse en un puente: entre el saber académico y la memoria popular, entre la teoría y la práctica de la liberación.

Quienes lo conocieron saben que Bengoa mantuvo hasta el final un diálogo inacabado con dos interlocutores ausentes: por un lado, con los loncos que lo habían iniciado en el conocimiento de la historia mapuche; por otro, con la figura del historiador Mario Góngora, a quien admiró y combatió al mismo tiempo, porque representaba la tentación de una historia nacional sin fisuras, sin los rostros concretos de los vencidos. Ese diálogo con el maestro adversario fue el motor secreto de su obra: la necesidad de mostrar que la historia de Chile no podía escribirse sin incluir el despojo como hilo central, pero también sin caer en la épica de la victimización. Su apuesta fue más difícil: mostrar que los pueblos originarios y campesinos habían sido, pese a todo, sujetos de su propia historia.

La tragedia intelectual de su muerte es que ese diálogo queda ahora trunco. En sus últimos años, Bengoa había vuelto a preguntarse por el lugar del campesinado en el Chile actual, por la relación entre autonomía indígena y proyecto nacional, por la necesidad de una nueva reforma agraria que esta vez partiera de la memoria y no solo de la economía. Eran preguntas que nos había dejado como tarea. Con él se va, ciertamente, una forma de entender la intelectualidad: no como el sacerdocio de las ideas puras, sino como el oficio de poner el saber al servicio de quienes nunca han tenido voz. Pero lo que realmente peligra con su muerte es la continuidad de ese gesto, tan frágil y tan necesario, que consiste en creer que la universidad puede estar a la altura de la tierra, que la teoría puede hacerse cargo del dolor sin traicionarlo, que la historia puede ser escrita, por fin, como una deuda.

Alguien dijo una vez, al despedir a un maestro, que con su muerte uno queda, intelectualmente, completamente desnudo. Cuántas más razones tenemos nosotros para decirlo hoy, los que todavía intentamos pensar desde el sur, con la memoria campesina y la voz indígena aún resonando en los territorios que Bengoa habitó. Porque si algo nos enseñó es que pensar no es otra cosa que aprender a escuchar. Y ahora, con él, la escucha se vuelve más difícil. Pero también, tal vez, más urgente.

*Rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano

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