Dr Joaquim Giannotti, director del Núcleo de Ciencias Sociales y Artes U. Mayor.
Los brotes de violencia racista en Belfast (Irlanda del Norte) no han surgido espontáneamente ni sin motivo.
Tras el brutal ataque con arma blanca del pasado 8 de junio, que dejó a Stephen Ogilvie en estado crítico, una conocida maquinaria digital se puso en marcha. Mientras la familia de la víctima formulaba un digno llamamiento a la calma, encomiando la “valiosa contribución” de los migrantes, la arquitectura de internet exigió otra narrativa. En cuestión de horas, la tragedia fue procesada como combustible para una economía transnacional de la indignación.
Lo que aconteció después (turbas encapuchadas perpetrando pogromos racistas) es el resultado previsible de un ecosistema donde la violencia es un atributo estructural, no una anomalía.
El debate migratorio es habitual en democracia, pero el espacio público contemporáneo se ha transformado en un feudo privado, comisariado por algoritmos diseñados para optimizar la fricción social. Esta violencia fue orquestada desde la distancia por agitadores de extrema derecha y magnates tecnológicos. Lejos del humo, Elon Musk instrumentalizó la plataforma X para avivar las brasas, exhortando a sus seguidores a tomar las calles mediante protestas «REPETIDAS y RUIDOSAS».
Observar X durante las revueltas equivale a presenciar un diluvio de hostilidad automatizada. La infraestructura de la plataforma está inundada de desinformación hiperpartidista e imágenes generadas por inteligencia artificial (AI-slop) orientadas a provocar una respuesta visceral.
Cuando el dolor real entra en este engranaje, el pensamiento crítico se anula. Este frenesí digital es amplificado por políticos oportunistas que asocian irresponsablemente inmigración y decadencia social, completando una fórmula sumamente eficaz para la radicalización algorítmica basada en la deshumanización de las consecuencias.
Sin embargo, el costo humano persiste de forma material. En Belfast, la abstracción digital se tradujo en autobuses incendiados e intimidaciones puerta a puerta. Ciudadanos inocentes —incluyendo trabajadores de la salud ugandeses, refugiados ucranianos y un lactante de dos meses— se convirtieron en el blanco de manifestantes decididos a purgar los barrios, obligando a familias a evacuar en vehículos blindados.
Dado que las plataformas no enfrentan sanciones legales inmediatas por albergar contenidos que incitan a la violencia, los incentivos continúan orientados hacia el caos. Los magnates de la tecnología dinamizan el odio con impunidad, escudándose en una defensa absolutista de la libertad de expresión mientras rentabilizan el desmoronamiento social. Tras el humo, la interrogante es dónde golpeará la malicia automatizada y quién pagará el precio de nuestra renuncia a regularla.





