Por Ricardo Neira, Decano Facultad de Ingeniería, Arquitectura y Tecnologías para la Sociedad, Universidad Academia Humanismo Cristiano
Nota en Poder y Liderazgo
La encíclica Magnífica Humanitas no condena la tecnología: advierte que el verdadero riesgo de la IA no está en las máquinas, sino en una humanidad que olvide para qué quiere usarlas.
La nueva cuestión humana
La inteligencia artificial dejó de ser un asunto de laboratorios o empresas tecnológicas. Ya habita la escuela, la universidad, el trabajo, la política, la comunicación pública, la medicina y la vida familiar. Por eso, la pregunta decisiva no es si las máquinas serán más veloces o más eficientes que nosotros, sino si seguiremos siendo humanos en una civilización cada vez más mediada por sistemas capaces de clasificar, predecir, recomendar y decidir.
La encíclica Magnifica Humanitas, del Papa León XIV, sitúa esta transformación como una nueva res novae: una mutación histórica comparable, en escala civilizatoria, a la cuestión obrera que enfrentó Rerum novarum. Su aporte no consiste en rechazar la técnica. Reconoce que la IA puede curar, conectar, educar y cuidar. Pero advierte algo esencial: la tecnología nunca es enteramente neutral, porque toma el rostro de quienes la diseñan, financian, regulan y utilizan. El problema no es la existencia de la IA, sino la orientación ética, política y educativa que recibirá.
Babel o Jerusalén
El texto propone una metáfora central: Babel o Jerusalén. Babel simboliza la fascinación por el poder técnico autosuficiente, la reducción de la persona a datos y rendimientos, la homogeneización de las diferencias y la idolatría de la eficiencia. Jerusalén, en cambio, representa la reconstrucción comunitaria: una obra compartida, plural, donde cada persona asume su tramo de responsabilidad y donde el progreso se mide por su capacidad de fortalecer la dignidad, la justicia y la fraternidad.
Esta tensión dialoga con Byung-Chul Han, quien ha descrito las patologías de la sociedad digital: rendimiento permanente, exposición continua, transparencia obligatoria y autoexplotación. En ese mundo, el sujeto cree ser libre porque produce, se comunica y se muestra sin descanso; sin embargo, puede quedar atrapado en una dominación que ya no prohíbe, sino que seduce.
Desde esta mirada, Babel no es sólo una torre tecnológica, sino una arquitectura invisible de pantallas, métricas, plataformas y algoritmos que vuelven a las personas comparables, predecibles y administrables.
Educación, interioridad y lenguaje
El riesgo de la IA no se agota en el reemplazo de tareas. Su amenaza más profunda es la pérdida del espacio interior: la dificultad de detenerse, leer con profundidad, pensar lentamente, escuchar al otro y distinguir información de sabiduría. Una sociedad saturada de respuestas automáticas puede empobrecer su capacidad de formular preguntas verdaderamente humanas.
En este punto, Gastón Soublette aporta una advertencia decisiva. Su crítica a la modernidad técnica no es nostalgia antitecnológica, sino defensa de una sabiduría capaz de mantener vivo el vínculo con la naturaleza, la tradición, el lenguaje, la belleza y el misterio.
La técnica responde con gran eficacia al cómo; pero no puede responder por sí sola al para qué. Puede ordenar información, simular conversaciones y optimizar procesos; no puede reemplazar la experiencia humana del sentido, la compasión, la memoria cultural ni la trascendencia.
Por eso, la educación aparece como el campo estratégico de la era digital. No basta enseñar a usar IA; hay que enseñar a pensar en un mundo con IA. Eso exige lectura profunda, conversación argumentada, formación ética, sensibilidad estética, conciencia histórica y criterio ciudadano. Una universidad que sólo enseñe herramientas quedará obsoleta frente a la próxima herramienta. Una universidad que forme discernimiento seguirá siendo indispensable.
Maturana: emoción, convivencia y aprendizaje
La incorporación de Humberto Maturana permite profundizar este análisis desde una clave propiamente latinoamericana. Para Maturana, lo humano se constituye en el lenguaje, la emoción y la convivencia. No somos sólo seres racionales que procesan información; somos seres relacionales que aprenden, conocen y construyen realidad en redes de conversación. La educación, desde esta perspectiva, no es transferencia mecánica de contenidos, sino transformación en la convivencia.
Esta mirada resulta crucial frente a la IA. Si el aprendizaje se reduce a respuestas correctas, productividad cognitiva o eficiencia evaluativa, se debilita lo más humano del acto educativo: el encuentro, la confianza, la pregunta, el error, la cooperación y el reconocimiento del otro como legítimo otro.
Maturana recordaría que toda tecnología se inserta en una emoción social: puede nacer desde el control, la competencia y la desconfianza, o desde el cuidado, la colaboración y el respeto. Allí se juega la diferencia entre una IA que vigila y una IA que acompaña; entre una escuela administrada por datos y una comunidad educativa fortalecida por la tecnología.
Universidad, trabajo y gobernanza
En América Latina y Chile, la reflexión tiene consecuencias concretas. Las universidades no pueden limitarse a agregar cursos de programación, ciencia de datos o IA generativa. Deben formar profesionales técnicamente competentes y éticamente responsables: ingenieros capaces de anticipar impactos sociales; pedagogos preparados para entornos híbridos; comunicadores que defiendan la verdad pública; juristas que comprendan la gobernanza algorítmica; cientistas sociales capaces de interpretar los efectos humanos de la automatización.
El trabajo es otro eje central. Desde la tradición de Rerum novarum, la encíclica recuerda que el trabajo no es sólo ingreso o productividad: es dignidad, cooperación, pertenencia y proyecto de vida. La automatización no puede evaluarse únicamente por reducción de costos. Debe analizarse por sus efectos en empleabilidad, reconversión, cohesión social y justicia.
La respuesta no puede ser ingenuidad tecnocrática ni rechazo defensivo, sino formación continua, certificación de competencias, protección social y anticipación estratégica de nuevos oficios.
La encíclica también advierte sobre el nuevo poder tecnológico privado. Muchas decisiones que configuran la civilización digital se toman hoy en corporaciones transnacionales con recursos superiores a los de numerosos Estados.
Por eso, responsabilidad, transparencia, solidaridad, subsidiariedad, justicia social y bien común no son adornos morales: son criterios para evaluar plataformas educativas, sistemas predictivos, automatización laboral, vigilancia, salud digital, seguridad pública y defensa.
Una civilización digital del cuidado
El aporte de Magnifica Humanitas, leído junto a Han, Soublette y Maturana, converge en una misma tesis: la persona no puede ser reducida a datos, rendimiento, perfil predictivo o consumidor administrable.
Han advierte contra el agotamiento y la transparencia total; Soublette recuerda la necesidad de sabiduría y sentido; Maturana sitúa lo humano en la conversación, la emoción y la convivencia; la encíclica ofrece el horizonte ético de una tecnología orientada a la dignidad y al bien común.
No se trata de frenar el progreso, sino de impedir que avance sin alma. La inteligencia artificial puede ampliar capacidades, democratizar conocimientos, mejorar diagnósticos, personalizar aprendizajes y liberar tiempo humano.
Pero sólo será verdadero progreso si fortalece la libertad, la justicia, la educación, el trabajo digno y la vida común. La gran frontera de nuestro tiempo no está en los algoritmos ni en los centros de datos. Está en la decisión moral de orientar el poder tecnológico hacia la profundidad de lo humano.




