Por Carolina Millalen
Días atrás visitó Santiago la académica de la Universidad de Antioquía Colombia, Viviana Mazón, gestora de un arduo trabajo práctico con foco en la literatura infantil y juvenil para abordar temas como el conflicto social o la violencia política.
La profesora y bibliotecóloga fue invitada por el equipo de investigación Narrativas Infantiles del Conflicto Social de la Vicerrectoría Académica de la Universidad Silva Henríquez, liderada por la académica y doctora en Ciencias Sociales, Evelyn Palma.
La docente y bibliotecóloga colombiana compartió parte de su trabajo como educadora popular en el barrio de Niquia Camacol del municipio de Bello en Antioquía y también sobre su participación en diversas colectividades como Casa Cultural Botones o 5 Hebras. En ellas, la literatura infantil y juvenil se concibe como una ventana para pensar temas tabú como el conflicto social desde un hacer comunitario e inmerso en el espacio público de la calle.
“Vengo de un país donde la violencia estatal y paramilitar no ha cesado como tampoco la lucha por vivir en paz como diría Víctor”, expresó en su ponencia “Literatura como umbral: entre calles y letras” que se realizó en la casa central de la universidad el 8 de abril.
Citando a diversos autores de la LIJ y en particular de la creación del sur de Sudamérica -como Antonio Skármeta o Sebastián Santana, quienes han abordado la violencia política dentro de su obra literaria infantil-, Mazón plantea la posibilidad de que esa narrativa pueda ser “nuestra aliada para recuperar la palabra y ponerle nombre a esos silencios históricos”.
“La LIJ ha permitido asir la palabra a través de lo simbólico para cuestionar lo dado en términos educativos, políticos, económicos, humanos”, agrega destacando esa capacidad de las obras de pinchar, de interpelar la forma en que vemos el mundo y de relacionamos con él; abriendo una puerta para hablar desde el acontecimiento, es decir, de lo que nos pasa con la lectura:
“La literatura se vuelve ventana para temas complejos que quedan paralizados ante la medusa de lo inconcebible, no pudiendo poner en palabras eso que acontece”, acota sobre la memoria reciente y el conflicto social.
Un caballito de troya
Acerca del trabajo cultural y público desplegado en las empinadas calles del citado barrio de Bello, Mazón hizo referencia a la persistente apuesta por llevar los libros a la calle de la mano de la expresión gráfica y textil; experiencia que, por cierto, no ha estado ajena a la censura y el silenciamiento político.

“Los murales borrados es algo que viene ocurriendo en Colombia”, señala la académica sobre la histórica denuncia de las madres de los llamados falsos positivos o de las más de 6.400 falsas bajas de personas que el ejército colombiano y paramilitares perpetraron durante los dos gobiernos del ex presidente Álvaro Uribe y que hoy continúan desaparecidas desde hace más de 20 años.
“Las cuchas tenían razón”, era el mensaje de esos grafitis que proliferaron cuando en 2024 se encontraron restos óseos de desaparecidos en un vertedero de escombros emplazado en una de las comunas de Antioquía. Municipales y alcaldía llamaron a borrarlos:
En esa línea, la académica apuntó también a la vigencia de la biblioclastia o el aniquilamiento de obras escritas y documentos por regímenes autoritarios -tema abordado, añade, por Gabriela Plesclevi y Hernan Invernizzi en “Libros que muerden” y “Un golpe a los libros”, respectivamente- y así también a la infocracia, idea que alude al terreno político actual que usa la información como un arma, precisó.
Frente a ese panorama, Mazón antepone el trabajo de memoria situada, de educación popular y construido con obras de la LIJ: “Por esa facultad de contener al universo entero en pocas líneas y que podemos sacar a la calle, se vuelven un caballito de troya; un artefacto que parece inofensivo, desprovisto de toda profundidad, que es como un cuento para niños, ha sido un aliado perfecto para sacar a la calle ciertas preguntas y de lo hecho con estas literaturas”.
“La lectura es una práctica que más bien se inscribe en relaciones histórico-sociales, donde importa no tanto lo que leemos sino cómo lo leemos, por qué lo leemos. Sí importa la experiencia vital con la que leemos y las preguntas que huyen de esa práctica”, expresa la gestora cultural y académica, haciendo un llamado a poner a hablar los libros, tal como lo planteó Fabiola Lalinde -luchadora y Premio Nacional de DD.HH de Colombia- con respecto a los archivos en el emblemático caso de la Operación Sirirí.




