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Patricio Guzmán es la memoria

Por Paula Godoy Huerta. Guionista.

El mundo se entera de que el 15 de septiembre de 2026, en un hospital de París, el corazón de Patricio Guzmán ha dejado de latir. La noticia conmueve a cineastas de Argentina, Perú, Bolivia, Paraguay, México, Colombia, Brasil, Cuba, China, Corea del Sur, Egipto, España e Irán. Todos coinciden en que el cine documental latinoamericano pierde a uno de sus principales realizadores, y se reconocen herederos de su obra y de su manera de entender el cine.

Guzmán es el cineasta que hizo de la memoria su dispositivo de creación; la persiguió obsesivamente durante toda su vida y buscó la forma de contenerla en una sola imagen y, en ella, también la compleja historia de América Latina.

Ya son conocidos algunos pasajes de su vida que se cruzan con su extensa filmografía; aquí hago un repaso de ella a través de solo algunas de sus películas: estudió cine en Madrid durante los años sesenta y regresó a Chile cuando el país vivía en total efervescencia con la Unidad Popular. Vino a hacer lo que más le gustaba: cine directo. Así filmó El primer año, donde plasmó el entusiasmo, las contradicciones y la vida cotidiana que nos conducían hacia el socialismo por la vía democrática. Cuando volvió en 1973, quería filmar El tercer año, la continuación de su observación documental; sin embargo, la realidad comenzó a contradecir su hipótesis y la revolución entró en un proceso de derrumbe. De ese material nació La batalla de Chile, la obra cumbre del cine chileno y latinoamericano.

La batalla de Chile es una trilogía documental que registra en tiempo real el proceso político de la Unidad Popular, donde un pueblo sin armas lucha contra la burguesía. Son distintos momentos que van desde 1972 —pasando por las protestas de la ultraderecha contra Allende, la organización de los cordones industriales y las juntas de abastecimiento popular— hasta el mismo 11 de septiembre de 1973.

Inmediatamente después del golpe, Patricio Guzmán fue detenido y llevado al Estadio Nacional; cuando logró sobrevivir a ese centro de exterminio, partió al exilio. Con la ayuda directa del embajador de Suecia en Chile, Harald Edelstam, las latas de película salieron por vía marítima rumbo a Estocolmo y, desde allí, fueron trasladadas a Cuba.

En el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), en La Habana, con el apoyo directo de Fidel Castro, Pedro Chaskel —considerado uno de los padres del documentalismo chileno— comenzó entre 1975 y 1979 el arduo y largo trabajo de montaje de la trilogía. Mientras editaban, el director de fotografía de este documental, Jorge Müller, fue detenido y hecho desaparecer.

Es importante recordar que este tríptico documental fue censurado en Chile. La primera vez que se exhibió públicamente fue en 1997 en el Goethe-Institut, y en televisión recién el año 2021 a través de La Red, en el contexto de los 48 años del golpe militar y de la redacción de la nueva Constitución a través de la Convención Constitucional, bajo toque de queda y con Sebastián Piñera como presidente. La transmisión de esta película generó un intenso debate público y político, incluyendo la polémica con la empresa Carozzi, que decidió retirar su publicidad del canal tras la emisión del documental, argumentando que, por lineamientos históricos, no auspician programas con contenido político.

Cuando Guzmán pudo volver a Chile en los años noventa, produjo Chile, la memoria obstinada, donde pretendía rastrear a los personajes que aparecían en La batalla de Chile. Es también la historia del retorno del filme a su país de origen tras un largo periplo por el mundo, logrando captar una de las primeras proyecciones públicas de la obra original después de largos años de censura.

Pensando en la difícil tarea de exhibir cine de no ficción, Guzmán fundó en 1997 el Festival de Cine Documental en el Goethe-Institut de Santiago. En su inauguración, dijo:

“Tal vez este modesto evento sirva de apoyo a nuestros propios creadores que en su mayoría trabajan en solitario, sin mucha ayuda económica y con pocas referencias universales. Tal vez estimule las vocaciones documentales entre los nuevos alumnos de las escuelas. Puede que llame la atención de nuestros programadores de televisión hacia otro tipo de obras que hoy día —sin duda— desconocen”.

Hoy, en su trigésima versión, el Festival Internacional de Documentales de Santiago (FIDOCS) se ha consolidado como uno de los principales espacios de encuentro, difusión y competencia del cine de no ficción en Chile y Latinoamérica.

Después filmó el proceso judicial contra Pinochet en Londres. Este documental aborda detalladamente su detención entre 1998 y 2000, tras la orden de captura internacional emitida por el juez Baltasar Garzón. La obra entrelaza los complejos procedimientos legales internacionales con los desgarradores testimonios de las víctimas de la dictadura y sus familiares, quienes por primera vez en décadas fueron escuchados formalmente por una corte de justicia.

Vuelve luego a la figura del presidente de la Unidad Popular. En el documental Salvador Allende, sin ser una biografía tradicional, revive su figura a través de momentos emotivos y fugaces, preguntándose cómo se puede ser revolucionario y demócrata a la vez, y recordando el sueño radiante de una generación donde política y utopía eran sinónimos.

Nostalgia de la luz es una obra cumbre de la poesía visual: filma el desierto más árido del mundo, con los cielos más puros allí decenas de telescopios escrutan los astros a billones de años luz, mientras a los pies de estos centros astronómicos un grupo de mujeres busca con sus propias manos los restos de sus familiares asesinados por la dictadura.

Con El botón de nácar prosigue con su gran obsesión: Chile, la memoria y el olvido. Este filme parte de la premisa poética y científica de que el agua contiene las voces y la historia de la humanidad y del universo. La película se estructura en torno a dos objetos: un pequeño botón que el capitán inglés Robert FitzRoy le ofreció a Jemmy Button, un niño yagán, a cambio de llevarlo a Inglaterra en el siglo XIX; y un pequeño resto metálico y de nácar recuperado del fondo del mar, pegado a un trozo de riel, que pertenecía a una de las víctimas arrojadas al océano durante la dictadura. Ambos funcionan como testigos mudos de dos catástrofes históricas en las que el poder aniquiló a seres humanos.

En La cordillera de los sueños, Guzmán explora la imponente Cordillera de los Andes, a la que define como la “inmensa columna vertebral” que ha sido testigo muda de la historia de Chile. En ella filma las marcas que deja el paso del tiempo en la roca, y estudia sus fallas y fisuras como si fueran cicatrices en un cuerpo: huellas de los terremotos, de los traumatismos políticos y, finalmente, de las más recientes, vinculadas a la práctica exacerbada de un neoliberalismo salvaje.

Poco antes del estallido social de octubre de 2019, durante el Festival de Cannes, Patricio Guzmán le dijo a un periodista italiano que le preguntó si veía alguna posibilidad de cambio en Chile:

“Si tú miras profundo a los ojos de la gente, te vas a dar cuenta de que hay una llamita prendida”.

Luego habló de Chile como un país volcánico, de pequeños hilitos de agua que corrían por debajo de la tierra y que algún día iban a juntarse en un cauce grande:

“Y cuando ese cauce sea bien grande, ese río va a salir a flote. Y cuando eso explote, va a estallar en Chile todo lo que estaba guardado por dentro”.

Esto fue en mayo. Las protestas estallaron en octubre en las calles de Santiago, mientras la población exigía más democracia e igualdad social en educación, salud, transporte y oportunidades laborales. El estallido lo encontró en París: anciano, anonadado, emocionado y con unas ganas infinitas de viajar a Chile para filmar. La pandemia le restringió la llegada, pero tuvo su oportunidad un año después para registrar el acontecimiento que había estado esperando desde 1973: filmar la explosión y el despertar de este país que se rehúsa a recordar.

Así surgió su última película, Mi país imaginario. Una obra impregnada del entusiasmo de un hombre octogenario que vio su vida fragmentada por la tortura y el exilio, el éxito abrumador de la batalla  y que imaginaba que, esta vez sí, podría pisar las calles de Santiago, donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.

La obsesión de Patricio Guzmán por excavar la memoria y transmitirla la explica comparando este dolor —el golpe cívico-militar y la posterior dictadura— como si hubiera presenciado en su infancia el incendio de su casa y todos sus juguetes, libros e historias hubieran ardido frente a sus ojos. Y remata diciendo:

“Me siento como un niño que no puede olvidar ese incendio; para mí no ha pasado el tiempo”.

El niño que vio arder su casa en septiembre de 1973 finalmente ha cerrado sus ojos, pero el incendio de su memoria ya es nuestro. Hoy, su propia vida pasa a formar parte del acervo de la historia de Chile. Nos deja la tarea más urgente e insoslayable de nuestro tiempo: ser los guardianes de ese fuego que él se negó a apagar. Nos demuestra que, aunque los dictadores borren los cuerpos e intenten acallar los ríos subterráneos, siempre habrá una cámara dispuesta a encender la última chispa de la dignidad humana en medio de la oscuridad. Porque un país sin memoria es como una familia sin álbum de fotografías, y un país que ha tenido a Patricio Guzmán jamás podrá olvidar quién fue.

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