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El Foro Madrid y la disputa que tenemos por delante

Por Javier Albornoz Rebolledo integrante de la comisión política del Partido Comunista de Chile

Este 3 y 4 de septiembre se realizará en Santiago un nuevo encuentro del Foro Madrid. Van a venir dirigentes, intelectuales, fundaciones y organizaciones de la ultraderecha de distintos países. No es una reunión menor ni algo que debamos mirar como una extravagancia. Es una expresión concreta de una derecha internacional que se organiza, comparte experiencias, construye discurso, aprende de sus resultados y busca proyectarse en el tiempo.

Durante años muchos pensaron que estas derechas eran fenómenos marginales, grupos ruidosos o expresiones electorales pasajeras. No fue así. Construyeron discurso, ocuparon redes, levantaron medios, instalaron temas, hicieron visibles sus liderazgos y llegaron a los gobiernos. Trump fue central en ese proceso. Después vinieron Bolsonaro, Milei, Kast y otras experiencias que tienen diferencias entre sí, pero también una base común en la forma de entender la política, el Estado, los derechos, la seguridad, la migración y el papel de las fuerzas progresistas.

No hace falta inventar teorías raras para reconocer que existe coordinación. Ellos se reúnen, intercambian experiencias y lo dicen públicamente. El propio Foro Madrid se plantea como una articulación internacional contra las izquierdas latinoamericanas. En los últimos meses también se han realizado reuniones en Estados Unidos donde distintos gobiernos han discutido nuevas orientaciones de seguridad y amenazas políticas. Todo eso forma parte de un clima internacional que no podemos mirar con ingenuidad y que muestra una derecha que no solo disputa elecciones, sino que intenta construir una nueva correlación política e ideológica.

Una de sus principales fortalezas ha sido comprender que para llegar al gobierno primero había que intervenir sobre la forma en que la gente mira la realidad. Durante años instalaron que todo estaba mal, que el Estado no servía, que los derechos eran privilegios, que los funcionarios públicos eran una carga, que los migrantes explicaban la inseguridad, que los movimientos sociales eran violentos, que la izquierda era responsable de todos los problemas y que la única salida era más orden, menos Estado y menos regulación.

Muchas de esas afirmaciones no resistían un análisis serio, pero fueron repetidas una y otra vez en redes sociales, medios digitales, videos, encuestas, cuentas anónimas, opinólogos y dirigentes. Lo importante no era que cada cosa fuera cierta, sino instalar una percepción y conseguir que esa percepción terminara formando parte del sentido común. Cuando eso ocurre, empieza también a producir resultados políticos.

Por eso no estamos solamente frente a fake news. Estamos frente a una disputa por las subjetividades, por la manera en que las personas explican lo que les pasa, por quién aparece como responsable de sus problemas y por cuáles son las respuestas que consideran posibles. Las redes sociales ayudaron mucho a eso. Una mentira sale desde una cuenta cualquiera, se replica, la levanta un medio, la comenta un dirigente y termina siendo tema nacional. Al final ya no importa mucho de dónde salió, porque lo que queda instalada es la percepción.

Y muchas veces nosotros mismos ayudamos a amplificar esa operación. Cada vez que reaccionamos a cualquier provocación, compartimos una mentira para denunciarla o dejamos nuestros temas para discutir el tema que la derecha puso arriba de la mesa, terminamos entrando en su juego. Por eso no podemos alimentar al monstruo que nos quiere devorar. Eso no significa callar ni dejar pasar. Significa escoger bien las peleas, no correr siempre detrás de la agenda del Gobierno y no permitir que sean ellos quienes decidan todos los días de qué se habla en Chile.

Hoy el gobierno de Kast mantiene una ofensiva sostenida en economía y seguridad. Pone los temas, fija el marco y obliga al resto a responder. Muchas veces sigue adelante incluso cuando hay cuestionamientos desde sectores que van bastante más allá de la oposición. La oportunidad está precisamente en dejar de responder solamente dentro de ese terreno y volver a instalar nuestros propios temas.

En economía hay que hablar de salario, empleo, endeudamiento, costo de la vida, vivienda, pensiones y salud, pero no desde cifras abstractas sino desde lo que está pasando en la vida real. En seguridad hay que dejar de regalarle el tema a la derecha y hablar de narcotráfico, crimen organizado, inteligencia financiera, recuperación de barrios, prevención y policías que funcionen. Frente a los recortes del Estado hay que explicar qué significan concretamente: qué atención se pierde, qué programa se acaba, qué municipio queda con menos capacidad y qué familia termina pagando.

También necesitamos comunicación propia. No basta con desmentir ni con tener buenos datos. Hay que tener medios, vocerías, contenidos, capacidad territorial y presencia real, porque el sentido común no se disputa solo en redes. Se disputa en el trabajo, en la feria, en el sindicato, en la población, en la junta de vecinos y en la conversación diaria.

En estos mismos días se realizará también un foro nacional del progresismo. Bien que ocurra, pero no debería transformarse simplemente en la respuesta al Foro Madrid. No necesitamos un foro contra otro foro. Necesitamos discutir cómo construimos una oposición que deje de reaccionar y empiece a tomar iniciativa, cómo volvemos a tener una propuesta de país, cómo recuperamos conexión con la gente y cómo construimos mayoría.

La ultraderecha viene a Chile a mostrar que se organiza, piensa su estrategia y quiere seguir avanzando. La respuesta no puede ser solamente denunciarla. Hay que enfrentarla, claro, pero sobre todo hay que hacer nuestra pega: recuperar iniciativa, construir organización, disputar el sentido común y volver a poner arriba de la mesa los problemas reales de nuestro pueblo.

Si ellos vienen con una hoja de ruta, nosotros también necesitamos la nuestra.

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