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Investigador de UTA señala sobre riesgos naturales: “La planificación en su última medida son decisiones políticas”

Las intensas lluvias ocurridas en el norte chico del país han generado profundos daños a la infraestructura, la producción económica y en la vida de las personas de esa macrozona.

La periodicidad de fenómenos asociados a la geografía local como es la activación de quebradas en Atacama y Coquimbo, más los efectos locales del cambio climático, vuelven urgente y esencial una perspectiva más amplia de la gestión del riesgo.

De acuerdo a lo planteado por el investigador de la Universidad de Tarapacá, Oliver Meseguer, doctor en Geografía, Planificación Territorial y Gestión Ambiental, un aspecto es reconocer que “hoy vivimos en una sociedad del riesgo global. Hoy es muy difícil no estar expuesto a ningún fenómeno natural o no que nos pueda afectar de manera directa”.

A eso agrega que existe un escenario de calentamiento global generalizado donde el cambio climático  es considerado ya como cambio global por los efectos complejos que ejerce sobre otros elementos:

“Tenemos que esperar que estos fenómenos extremos del clima se vayan dando cada vez de manera más frecuente y más intensa”, agrega. 

Sin embargo, para planificar sobre los riesgos naturales asociados a un territorio particular, es necesario determinar amenazas reales que muchas veces tienen una ocurrencia variable, lo que introduce un factor de probabilidad que la hace más compleja.

Dimensionando la responsabilidad política

Pero ocurre que la planificación en su última medida, señala el investigador, son decisiones políticas, las cuales tienen “una ventana temporal para la toma de decisiones muy diferentes a las de una vida humana. Ahí, entramos en muchos conflictos”, dice sobre los múltiples factores en juego:

En el caso de la zona norte del país “la situación es compleja ya per sé”: con una densidad que va disminuyendo a la par que aumenta la distancia que hay entre la localidad y el centro, y una geografía que se vuelve más compleja en el extremo. Eso se traduce en muy pocas alternativas -por ejemplo- de conectividad vial y de comunicaciones, a lo que se suma un abandono, señala Meseguer aludiendo al orden institucional:

“Cuando estos problemas afectan a zonas más aisladas los problemas son diferentes y la solución no es inmediata. Parte por muchas inversiones, muchas decisiones que rara vez se enfrentan”.

Otra arista refiere a la interacción entre el poder central que dicta las políticas de gestión de riesgos y la comunidad científica que estudia los fenómenos. “La vinculación rara vez es fácil”, sostiene Meseguer recordando una ocasión en que fue proporcionado un estudio especializado al Serviu sobre el poblamiento en zonas de interfaz y que no fue considerado:

Asimismo señaló que la observación de la Dirección Meteorológica DMC está siendo muy limitada por la falta de un sistema de radar que permite la observación a nivel inmediato y la entrega de informes y alarmas de manera más rápida. 

“Este tipo de fenómenos no los podemos prever a 2 meses, 3 meses, un año. Tienen una capacidad de predicción de muy corto plazo o nowcasting. Si no están, si no tenemos un sistema consolidado con disponibilidad presupuestaria es muy difícil enfrentar este tipo de situaciones”, indicó.

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