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El fin del orden mundial democrático

Por Gonzalo Gajardo Vistoso

“Coartada moral”… “ningún principio de soberanía puede condenar a sociedades enteras a una dictadura perpetua en nombre de un fracasado derecho internacional”. Son las palabras de Gabriel Zaliasnik, profesor de derecho penal de la Universidad de Chile, en franca defensa del ataque militar Norte americano a Venezuela y del secuestro de su líder Nicolás Maduro Moros.

Son palabras consistentes con la línea editorial de los grandes medios escritos del país, durante este mes de enero de 2026; “Si bien se resiente el Derecho Internacional, a su vez no puede perderse de vista el contexto que supone el derrocamiento de un gobernante ilegítimo”, Anota La Tercera en su editorial del 9 de enero.

“El derecho internacional protege al Estado frente al agresor externo, sólo en la medida que ese estado reconozca un mínimo de autodeterminación interna a su propio pueblo”, anota Fernanda García Doctora en derecho y académica de la Universidad del Desarrollo, desde su tribuna en el Mercurio de Santiago durante la última semana.

¿Qué hay detrás del descrédito sistemático a la doctrina del derecho internacional por parte del mundo conservador? No es difícil comprender que, al denostar el valor y vigencia del derecho internacional, se relativiza el valor y vigencia del sistema internacional multilateral en el concierto de naciones, con lo cual se legitima la violencia unilateral y la intervención discrecional de potencias extranjeras en cualquier parte del orbe.

No obstante, y en clave ideológico liberal burguesa, este giro resulta arriesgado pues socaba el principio histórico de soberanía moderna y la existencia concreta e histórica del Estado – Nación, estructura político orgánica y basal geográfica para la explotación, la circulación y acumulación del capital, la coerción y dominación ideológica, desde sus albores en el siglo XVIII hasta nuestros días.

¿Qué fuerza planetaria descomunal anima hoy a nuestro mundo conservador a desgarrarse a sí mismo, renegado de la sustancia histórica de la soberanía nacional moderna, mismo fetiche con el cual exigió vehementemente el regreso del dictador Augusto Pinochet desde Londres? Bajo las actuales premisas Pinochet debió ser “extraído”, desde la comodidad de la transición pactada, por una potencia libertaria, acarreando de paso a todos los “vendepatria”.

Referirse en detalle a la cuestión del petróleo y los recursos naturales, como claves del accionar militar norte americano, en América Latina y el mundo, sería abundar. Sí urge desentrañar la clave hegemónica global que anima a las agencias locales a intervenir en la opinión pública de modo tan virulento como contradictorio.

La globalización tal como la conocemos, viene en declive. El orden mundial unipolar hegemonizado por EE.UU. cede ante la emergencia de nuevos bloques geopolíticos y económicos. Rusia, China, India, entre otras, surgen como superpotencias capaces de disputar el predominio a EE.UU. La crisis económica en occidente se ha vuelto crónica, incapaz de salir del estancamiento frente al enorme potencial de crecimiento en otros espacios económicos. EE.UU. endurece su posición frente a la crisis ecológica y refuerza violentamente su posición estratégica en América Latina (doctrina Moroe ampliada).

Amplias cuencas culturales se resuelven hoy en el planeta, según evoluciona la tecnología de la información y la súper infraestructura digital de datos, un proceso que tiene múltiples controladores aparte de Norte América. El balance de poder militar se ha distribuido notoriamente hacia otras potencias y regiones del planeta. La economía del conocimiento ha ampliado su base también hacia regiones emergentes, desplazando las más de las veces al predominio Europeo y Norte Americano.

A los habituales bloqueos y guerras arancelarias del último tiempo, con su cortejo demoledor en las bases sociales y económicas locales y regionales, se suma ahora una doctrina neo absolutista de negación de la existencia soberana de los pueblos y las naciones, cuya derivada concreta ha sido el genocidio y la expulsión de los pueblos en vastas zonas del planeta.

La respuesta del hegemón global ha sido corrosiva, disolvente y violenta. La tónica ha sido extremar la respuesta militar ante la crisis y acelerar la conformación de un espacio de seguridad global, autárquico y propio, sin consideración alguna por el equilibrio y la seguridad del sistema internacional.

EE.UU. ha acelerado su modelo hegemónico de globalización hacia umbrales insospechados. Consistente con la voraz consumición del capitalismo global, su principal exponente ha comenzado ahora a consumirse a sí mismo, forzando brutalmente al resto del mundo a emularlo. Tal dinámica tiene a Norteamérica, ni más ni menos que al borde de la guerra civil.

Negar el valor del Derecho Internacional y de la soberanía de los pueblos, es desmontar el universalismo liberal democrático burgués, defendido por occidente desde la revoluciones
norteamericana y francesa en adelante, reemplazándolo por un cesarismo planetario movilizador de todas las violencias imaginables en contra de todo humanitarismo. No hay nada más atentatorio y brutal para la tan reclamada autodeterminación de los pueblos, que la nueva doctrina inaugurada.

Las columnas y editoriales publicadas en nuestra prensa monopólica, no son desinteresadas ni menos inocuas. Están orientadas por este nuevo paradigma y dispuestas al servicio de esta doctrina global suicida. Un tren dialéctico a toda máquina con destino a estrellarse, al que resulta fácil subirse pero del que no es posible bajarse sino hasta su fatal destino.

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