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Trump: un peligro para la humanidad, para América Latina y para Chile

Javier Albornoz Rebolledo, integrante de la Comisión Política PCCH.

Este martes 3 de noviembre, Estados Unidos celebra sus elecciones de medio término. Se renovará la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. Pero lo que está ocurriendo en ese país trasciende sus fronteras. Las decisiones de Donald Trump afectan la paz mundial, la soberanía de los pueblos y la vida de millones de personas que no tienen ninguna posibilidad de votar en esas elecciones.

Durante mucho tiempo nos dijeron que las intervenciones militares, los golpes de Estado y las amenazas contra nuestros países eran parte del pasado de América Latina. Pero el 3 de enero de este año Trump ordenó atacar militarmente Venezuela. Fuerzas estadounidenses bombardearon su territorio y capturaron al presidente Nicolás Maduro y a Cilia Flores, primera dama y diputada de la Asamblea Nacional. Ambos fueron trasladados por la fuerza a Nueva York. La operación dejó víctimas y abrió un precedente de enorme gravedad.

No estamos recordando una historia lejana. Ocurrió hace apenas diez meses, aquí mismo, en América Latina. Un mandatario decidió utilizar el poder militar de su país para atacar a otra nación y llevarse a sus autoridades. ¿Qué seguridad puede tener cualquier pueblo si semejantes acciones terminan siendo aceptadas?

El peligro no termina en Venezuela. Trump ha amenazado reiteradamente a Cuba, mantiene y endurece un bloqueo que durante décadas ha castigado a su población y, junto a Israel, lanzó en febrero una ofensiva militar contra Irán. Son decisiones que han provocado muertes, aumentado las tensiones internacionales y extendido el temor a nuevas guerras.

Pero sería un error creer que el problema comienza y termina en la personalidad de Trump. Detrás de él existe el movimiento MAGA, con una base política organizada, medios de comunicación, grupos de presión y redes internacionales. Su influencia se extiende más allá de Estados Unidos y encuentra puntos de encuentro con sectores de la ultraderecha en Europa y América Latina.

No se trata solamente de simpatías entre dirigentes. Espacios como CPAC y el Foro Madrid han servido para compartir discursos, experiencias y estrategias políticas. Aunque existen diferencias entre estos movimientos, coinciden en cuestionar aspectos del multilateralismo, combatir a las izquierdas y confrontar determinadas conquistas sociales y culturales.

En nuestra región, el llamado «Escudo de las Américas», impulsado por Trump en Miami, reunió a gobiernos políticamente afines, entre ellos el de Argentina y al entonces presidente electo de Chile, José Antonio Kast. Presentado como una iniciativa de seguridad, también refleja el interés de Washington por consolidar alianzas políticas y estratégicas en un continente donde China ha ganado una creciente presencia económica. Hay un cambio de fondo que no podemos ignorar. Estados Unidos enfrenta una pérdida relativa de su hegemonía, mientras aparecen nuevos polos de poder económico y político.

La política de Trump combina respuestas militares, presiones comerciales y alianzas internacionales en un intento por conservar su influencia. Es una expresión particularmente agresiva del imperialismo norteamericano, ahora acompañada por una articulación política de fuerzas nacionalistas y de derecha radical que sobrepasa las fronteras estadounidenses.

Chile no puede mirar todo esto desde la distancia. Nuestra historia nos recuerda cuánto pueden costar las intervenciones extranjeras y las presiones sobre gobiernos soberanos. En febrero, Estados Unidos revocó las visas de tres autoridades chilenas en medio de una controversia por un proyecto de cable submarino con China. Fue una señal de las presiones que Washington puede ejercer cuando otro país adopta decisiones que considera contrarias a sus intereses.

El acercamiento del gobierno de José Antonio Kast a Trump, su participación en la cumbre de Miami y los entendimientos posteriores sobre minerales críticos abren preguntas que merecen una discusión nacional. ¿Hasta dónde puede comprometerse nuestra independencia? ¿Quién decide sobre nuestros recursos naturales? ¿Cómo protegemos los intereses de Chile cuando las grandes potencias disputan mercados, tecnologías y materias primas?

No se trata de rechazar las relaciones con Estados Unidos. Chile necesita relacionarse con todos los países, pero desde el respeto mutuo y sin aceptar imposiciones. Nuestro cobre, nuestro litio y nuestras capacidades deben servir para desarrollar el país, generar empleos y mejorar la vida de nuestra gente. No para quedar atrapados en disputas que otros deciden.

Defender la soberanía tampoco significa aislarnos. Significa fortalecer la integración latinoamericana, recuperar el protagonismo de la CELAC, diversificar nuestras relaciones internacionales y abrir nuevos espacios de cooperación. Significa también exigir el fin del bloqueo contra Cuba, rechazar las intervenciones militares y defender el derecho de cada pueblo a decidir libremente su destino.

Mañana serán los estadounidenses quienes decidan su representación en el Congreso. Pero las consecuencias de las decisiones de Trump y de las fuerzas políticas que lo respaldan llegan mucho más allá de ese país.

Detrás de cada bombardeo hay familias que sufren, niños que tienen miedo, trabajadores que pierden su sustento y comunidades que ven interrumpida su vida. La paz no puede depender de los intereses de un gobernante ni de las disputas por el predominio mundial. Chile tiene historia y razones suficientes para hacer escuchar su voz en defensa de la paz, la independencia y el respeto entre las naciones.

Porque ningún país tiene derecho a decidir por la fuerza el destino de otro. Y porque la soberanía, la paz y la dignidad de nuestros pueblos son demasiado importantes para dejarlas en manos de quienes creen que el poder les permite hacerlo todo.

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