Chile registra menos de un hijo por mujer: expertos de la Casa de Bello analizan efectos en trabajo y cuidados
En los últimos años, el envejecimiento demográfico de la población chilena, asociado a una mayor esperanza de vida, y la disminución de la natalidad, vinculada a diversos factores económicos, sociales y culturales, han abierto nuevas discusiones sobre los cambios que experimenta la sociedad.
La Asociación de AFP (AAFP) ha informado recientemente que, en cinco años, 1.354.355 personas alcanzarán la edad de jubilación en Chile. De acuerdo con estas proyecciones, esta cantidad equivaldría al 11,1% de las personas afiliadas.
En un informe de abril de 2025, la AAFP ya advertía que el sistema previsional había perdido cerca de 200 mil jóvenes afiliados en cinco años debido a los cambios demográficos. Entre 2022 y 2024, los cotizantes activos de 20 a 30 años disminuyeron en 90 mil.
Para Alejandra Fuentes-García, profesora asociada de la Escuela de Salud Pública de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, uno de los desafíos que plantean estos cambios demográficos es que “van a modificar progresivamente la estructura de nuestra fuerza laboral”.
En ese sentido, plantea que la respuesta no puede reducirse a prolongar la vida laboral. “En una sociedad longeva debemos facilitar que quienes quieran y puedan continuar trabajando lo hagan en condiciones dignas”, enfatiza.
La especialista destaca como un avance la Ley N.° 21.822, que entrará en vigencia el 1 de junio de 2027 y busca promover un envejecimiento digno, activo y saludable. Además, establece un marco integral para la protección, el ejercicio y el goce de los derechos fundamentales de las personas mayores.
Por su parte, Paulina Osorio, profesora titular del Departamento de Antropología de la Facultad de Ciencias Sociales de la U. de Chile, señala que uno de los principales desafíos de este escenario es reconocer a las personas mayores como integrantes activas de la sociedad. “Pueden seguir aportando, están participando dentro de los grupos sociales y, hasta el momento, pareciera eso muy invisibilizado”, dice.
Natalidad
En Chile, los nacimientos disminuyeron 46,9% en 32 años, según el Instituto Nacional de Estadísticas (INE). Sin embargo, en marzo de 2026, el mayor porcentaje de nacimientos correspondió a madres de 30 a 34 años, seguido por el grupo de 25 a 29 años.
Para Alejandra Fuentes-García, este panorama forma parte de una transformación más amplia del curso de vida. “Muchas mujeres y parejas postergan la maternidad más allá de lo que quizás desearían porque no consideran tener las condiciones necesarias para criar”, explica.
Entre los factores que inciden en esta decisión se encuentran la inserción laboral más tardía, una mayor valoración de la autonomía y las eventuales interrupciones de las trayectorias laborales que puede implicar un proyecto familiar.
De acuerdo con un estudio exploratorio del Ministerio de Hacienda sobre las condicionantes y los desafíos de la natalidad en el país, entre las implicancias económicas de este fenómeno se encuentran la aceleración del envejecimiento de la población y la reducción de la fuerza laboral.
Asimismo, el estudio advierte que el fenómeno aumenta los gastos en salud y pensiones, “poniendo en riesgo la sostenibilidad del sistema”. También se prevé que hacia 2030 se reducirá significativamente el número de mujeres en edad fértil.
Por otro lado, el Boletín Demográfico Anual Provisional de Estadísticas Vitales 2025 del INE reveló que la tasa global de fecundidad para ese año fue de 0,99 hijos por mujer. Algunas regiones registraron índices incluso más bajos: la Región Metropolitana llegó a 0,88; Magallanes, a 0,91; y Valparaíso, a 0,98 hijos por mujer.
“Las proyecciones anticipan una reducción de la población en edades tradicionalmente laborales”, menciona Alejandra Fuentes-García. “Esto plantea desafíos para la disponibilidad de trabajadores, el financiamiento de la protección social y la organización de los cuidados”, añade la experta.
La Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo del INE reveló que las mujeres destinan, en promedio, 4 horas y 57 minutos diarios al trabajo no remunerado, que incluye labores domésticas y de cuidados, mientras que los hombres dedican 2 horas y 52 minutos.
Cuidados
Este escenario abre preguntas sobre cómo conviven integrantes de distintas generaciones, incluidos quienes pertenecen a una misma familia, y en qué condiciones viven las personas mayores. Alejandra Fuentes-García aclara, además, que el aumento de la esperanza de vida es “un enorme logro social y sanitario”.
“Las condiciones en que llegamos a edades avanzadas se construyen durante toda nuestra trayectoria vital”, explica. Por ello, subraya la importancia de considerar no solo la supervivencia, sino también la funcionalidad, la autonomía, el bienestar y la participación social de las personas mayores, teniendo en cuenta que el envejecimiento es, a su vez, “tremendamente desigual”.
Respecto de los cuidados, Paulina Osorio plantea que estos adquieren distintas formas. Las personas mayores pueden requerir cuidados específicos, pero también brindar apoyo y cuidados a otras personas, incluidos familiares.
En estos núcleos familiares pueden convivir hasta tres generaciones debido al aumento de la longevidad. En este contexto, los cuidados son multidireccionales, plantea la experta.
Personas mayores en el ámbito laboral
La jubilación supone una reorganización de la vida cotidiana. Para algunas personas puede significar disponer de más tiempo para el descanso y otras actividades, pero muchas personas mayores se ven obligadas a prolongar su vida laboral durante algunos años.
Para Sebastián Ugarte, profesor asociado del Departamento de Administración de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile, las organizaciones asumen una doble responsabilidad en este contexto: ofrecer condiciones laborales formales y adaptar las características del trabajo.
El especialista plantea, además, que las organizaciones enfrentan la pérdida de conocimientos y capacidades de quienes se retiran, la ausencia de políticas formales y los sesgos de edad presentes en la selección de personal, el acceso a la capacitación y el manejo de tecnologías e información.
El Censo 2024 reveló que el índice de envejecimiento alcanzó 79,0, es decir, había 79 personas de 65 años o más por cada 100 menores de 15 años. Entre las personas de 65 años o más, 1.460.192 son mujeres y 1.127.046 son hombres.
Según David Díaz, profesor asistente del Departamento de Administración de la Facultad de Economía y Negocios de la U. de Chile, “las trayectorias laborales inestables y los sueldos bajos dejan ahorros que no alcanzan, lo que empuja a muchas personas mayores a seguir trabajando aunque ya tengan la edad para jubilar”.
De acuerdo con el Boletín Ciudadano del INE, la tasa de desocupación de las mujeres alcanzó 10,5% en el trimestre marzo-mayo de 2026, mientras que entre los hombres se ubicó en 8,6%. Por otro lado, la tasa de ocupación informal en el trimestre abril-junio llegó a 27% a nivel nacional.
“Esto no responde simplemente a decisiones individuales, sino a desigualdades estructurales, mayor responsabilidad por el trabajo doméstico y de cuidados, interrupciones de las trayectorias laborales y mayor inserción en empleos precarios”, expresa Alejandra Fuentes-García.
Emprendimientos
El retiro también puede abrir oportunidades para dedicar tiempo a nuevos proyectos. Un estudio en el que participó David Díaz analizó las motivaciones de personas mayores para continuar participando en el mercado laboral o comenzar un negocio.
“Miramos las respuestas de 1.192 personas de 60 años y más que estaban echando a andar un negocio en distintos países del mundo”, comparte Díaz. La investigación identificó tres perfiles de emprendedores y emprendedoras.
El primero corresponde a los convencionales, quienes identifican oportunidades de negocio en su entorno y emprenden principalmente por razones económicas. El segundo grupo está compuesto por los socialmente orientados, para quienes es importante que su proyecto contribuya a resolver un problema. Finalmente, están los pragmáticos, que emprenden por motivos prácticos. Las mujeres fueron mayoría en este último grupo.
Estos resultados permiten identificar qué tipos de políticas públicas podrían ser útiles para incentivar y acompañar las iniciativas emprendedoras de cada perfil. Según David Díaz, entre las medidas que se podrían considerar están el aprendizaje a través de la experiencia de otras personas para los convencionales, las colaboraciones con organismos públicos para quienes tienen una orientación social y el acceso a créditos y educación financiera para los pragmáticos.
En esta investigación también participaron Jorge Espinoza-Benavides y Claudia Yáñez Valdés, de la Universidad Católica de la Santísima Concepción, y Domingo Ribeiro-Soriano, de la Universitat de València.
Rosa Irene Carvajal, Prensa U. de Chile


