El sueño de la ultraderecha: La refundación del Neoliberalismo en Chile
Por Javier Albornoz Rebolledo, miembro comisión política PC de Chile
La política chilena atraviesa uno de esos momentos históricos donde las categorías heredadas comienzan a quedarse cortas para explicar la magnitud de los cambios en curso. Durante años, buena parte del análisis crítico definió a la ultraderecha chilena simplemente como una expresión de continuidad del modelo instaurado por la dictadura y administrado, con distintas modulaciones, por los gobiernos posteriores. Sin embargo, limitarse a esa lectura hoy resulta insuficiente. Lo que estamos observando no es únicamente la defensa conservadora del orden neoliberal heredado de los años ochenta; estamos frente a una nueva fase refundacional del neoliberalismo chileno.
No se trata, claro está, de una refundación en el sentido clásico de partir desde cero. El neoliberalismo no abandona sus pilares históricos: privatización, subordinación del trabajo al capital, concentración económica y debilitamiento de las formas colectivas de organización popular. Pero sí estamos ante una transformación profunda de sus mecanismos de acumulación, control y gobernabilidad. El neoliberalismo actual ya no es el mismo que impulsaron Margaret Thatcher, Ronald Reagan o los Chicago Boys bajo la dictadura de Augusto Pinochet. Aquella etapa buscó destruir el viejo pacto industrial-estatal del siglo XX, desarticular al movimiento obrero y abrir las economías nacionales al capital financiero global. El neoliberalismo de hoy persigue algo distinto: reorganizar el capitalismo en torno al control tecnológico, la financiarización extrema, la automatización y la administración algorítmica de la sociedad.
Por eso el debate político chileno se equivoca cuando reduce a la extrema derecha actual a una mera nostalgia pinochetista o a una simple reacción conservadora. Lo que hoy se intenta construir es un nuevo orden de acumulación adaptado al capitalismo digital del siglo XXI. Uno donde el control de datos, la inteligencia artificial, las plataformas tecnológicas, la logística global, la infraestructura energética y las cadenas de suministro pasan a ocupar un lugar tan estratégico como antes lo tuvieron la banca o las industrias tradicionales.
Chile aparece nuevamente como laboratorio. Pero ya no solo como experimento neoliberal clásico, sino como plataforma segura para la expansión de un capitalismo tecnológico-extractivo. El litio, los puertos, los corredores bioceánicos, las telecomunicaciones, la infraestructura digital y la energía son parte de esa disputa global. No es casual que las nuevas derechas insistan obsesivamente en blindar jurídicamente el modelo económico mediante invariabilidad tributaria, debilitamiento regulatorio y garantías extremas para la inversión privada. La propuesta de asegurar condiciones tributarias por décadas no es una medida técnica; es un intento histórico por inmovilizar democráticamente el futuro y garantizar que, independientemente de los gobiernos que vengan, la estructura de acumulación permanezca intacta hasta mediados del siglo XXI.
En este contexto, la discusión tributaria adquiere una dimensión mucho más profunda que la mera recaudación fiscal. Porque el problema central del modelo chileno no es solo cuánto recauda el Estado, sino cómo y desde dónde lo hace. Durante décadas, el gasto social se expandió sin alterar estructuralmente la matriz tributaria heredada. El resultado fue un sistema donde el IVA —uno de los impuestos más regresivos existentes— terminó financiando una parte significativa de las políticas públicas, mientras las grandes rentas del capital conservaron amplios mecanismos de protección. Así, el neoliberalismo chileno logró una paradoja extraordinaria: redistribuir parcialmente liquidez sin afectar la acumulación estructural de riqueza.
Pero el neoliberalismo contemporáneo requiere algo más que estabilidad económica. Necesita producir un nuevo tipo de subjetividad social. Ya no basta el consumidor competitivo e individualista de los años noventa. Hoy el sistema requiere sujetos hiperfragmentados, emocionalmente saturados, conectados permanentemente a plataformas digitales y crecientemente alejados de formas colectivas de organización. La política algorítmica, la manipulación emocional en redes sociales, la hipersegmentación comunicacional y la expansión de discursos de miedo y antipolítica son parte de la nueva arquitectura de dominación.
Por eso la actual ofensiva conservadora no puede analizarse solo desde la economía. Existe una disputa cultural y tecnológica de enorme profundidad. El auge de plataformas digitales y el control privado de los flujos de información han transformado radicalmente las condiciones bajo las cuales se construye hegemonía. El neoliberalismo ya no administra únicamente mercados; administra percepciones, emociones, comportamientos y vínculos sociales.
Allí reside una de las principales debilidades de las izquierdas contemporáneas. Muchas siguen enfrentando al neoliberalismo como si aún estuviéramos en la etapa de las privatizaciones clásicas de los años noventa. Pero el capital mutó. Hoy las disputas pasan también por soberanía tecnológica, control de datos, automatización, inteligencia artificial, plataformas digitales y cadenas logísticas globales. El conflicto ya no se limita a Estado versus mercado; atraviesa las formas mismas de producción de subjetividad y organización social.
El desafío histórico, entonces, no consiste únicamente en ganar elecciones o administrar gobiernos. Tampoco basta con ampliar gasto social dentro de los márgenes permitidos por el capital financiero global. La disputa de fondo es cómo romper la arquitectura estructural que mantiene subordinadas las economías periféricas al nuevo capitalismo tecnológico-financiero. Y eso exige reconstruir organización popular, tejido comunitario, soberanía política y capacidad de conducción cultural en condiciones completamente distintas a las del siglo XX.
Porque la nueva fase refundacional del neoliberalismo chileno no busca solamente perpetuar desigualdades económicas. Busca consolidar un orden social, tecnológico y cultural capaz de administrar democracias débiles, sociedades fragmentadas y ciudadanos convertidos en consumidores de plataformas antes que en sujetos colectivos de transformación.


